domingo, septiembre 6

El farol III

Hace tanto tiempo que no te veo. Llegué a mi casa y lo primero que hice fue encender el ordenador. ¡Que largo se me hizo el viaje! Tiré todo lo que llevaba encima en algún lugar de mi habitación. Noté que muchas de las cosas que había en mi escritorio estorbaban. Demasiados papeles, cajas y otras porquerías. Acerqué mi brazo para correr todo, dejar libre el escritorio, despejarlo... despejarme. Llegué a correr un poco algunas cosas, pero me detuve. Quizás... estaba benevolente. Si así era seguro que era por tí, farol de radiante luz. Los fines de semana no te veo, porque no paso por el colegio. Sin embargo, algunos días de semana tampoco son iluminados por tu luz. No te cruzo, aunque se que estás ahí, tenue, pero presente. Siento que siempre lo estuviste. Siempre de color negro, ¿tanto te gusta ese color?. A veces de blanco. Me provocas risa cuando te ahogas de nieve.
No puedo pensar en otra cosa. Dentro de unos minutos llegarán mis hermanos, quienes se fueron a lo de nuestra tía. Sé que me toca preparar la comida, pero no me interesa. Total estamos en vacaciones de verano, hace calor. Lo que comeremos no creo que necesite demasiada preparación, y con este calor mucho menos cocción. Eso es algo bueno. La casa vacía no me disgusta, vacía y oscura. Adoro la tranquilidad... y respecto a la luz... con recordar la tuya me alcanza. A menudo mi familia se queja de que piense en vos y hable tanto de vos. Pero sin vos todo sería... oscuro.
Recuerdo cuando te encontré por primera vez. Colegio nuevo, o no tanto, ya lo conocía. Empezaron la clases, pero recuerdo que no fue hasta un tiempo que llamaste mi atención. Pasaron poco más de dos años desde que te cruzo a diario, desde que iluminaste mis días. Perdí el hilo de lo que quería escribir. Sí, te escribo para decirte como me siento. Como hacés que me sienta. No es solo tu luz, cualquiera recibe tu luz. Es algo que... Las vacaciones no hacen tan bien como creía. Por el colegio te podía ver como mínimo cinco veces a la semana, cuatro si no te encontraba un día de clases. No es que esto me moleste, sigo viéndote. No me quejo. Camino un poco, o tomo el colectivo, el subte, un taxi si no me aguanto las ganas de verte. Y cuando te encuentro, las ganas de abrazarte... ... de besarte... que importa si me miran, no me da vergüenza. Felicidad. Me gusta caminar. Siempre te lo dije. Me encanta verte. Me encantás. Tal y como lo dice la palabra es una especie de encantamiento. No sé como lo haces. No necesitas que vea tu luz. Cuando estoy en mi casa también te siento. Y peor si está todo en silencio, vacío, aparentemente... sin luz. Me hacés cantar. Como un farol de verdad, de esos que se veían hace un tiempo en cualquier calle, los que portaban cálidas velas, no solo das luz, das seguridad, das calor. Farol hermoso como aquellos confeccionados en el oriente, los de papel con un vela en el centro. Farol que protege, farol cuya luz interior resiste el viento y las lluvias, farol que nunca se apaga, farol... farol... te extraño.
Cuando venía a casa no pude dejar de pensar en vos. Me gustaría que seas un farol de mano, de esos que se pueden llevar a donde un desea. Creo que por eso cuando llegué estaba tan ansioso por escribir, porque de tanto pensar en vos siento que no puedo dejar de hacerlo. Y cada minuto que pienso en vos siento que cuando quiera dejar de hacerlo necesitaré un minuto más. Porque con verte no me alcanza. Me gustaría recordar que hacía antes de venir, dónde será que estuve. Pero mi memoria es nublosa, momentos felices, momentos que extraño, que añoro, que necesito. Farol, el tiempo que ha pasado desde que te vi me ha desgastado, no físicamente, no hasta ese punto, pero... la dependencia. Oh Farol! Cómo destruye la dependencia.
Porque no me bastó con salir corriendo de las bocas del subterráneo, hacerme lugar para pasar entre la gente por aquella poblada calle comercial, ni tampoco espantar algunas palomas que cruzaron en frente de mi cara al correr por la plaza, porque no me bastó con escribirte, ni con expresar todo lo que te extraño, porque el tiempo que pasó desde que nos vimos me duele, y cada segundo más... La luz... La esperanza. Eso me da tu luz, esperanza. Porque cuando te veo estás ahí, de pie, resistiendo vientos, fríos, lloviznas, tormentas... Pero, en fin, como todo farol, fuente de luz, fuente de sombra. Iluminas mis días, pero haces ver que todo lo demás... todo lo que no es iluminado por tu luz, por tu carisma, se encuentra sumido en sombras... Embelleces aquello hermoso, entretienes mi mirada con tus dulces paisajes, pero empequeñeces aquello que ya aún antes de ser oscurecido por tu luz no era llamativo para mi ojos. Cuán llamativo eres para mis ojos. La luz y la sombra. Lo hermoso y lo raquítico. Así como nadie me obligó a amarte... nadie podrá lograr obligarme a olvidarte.
Tu voz alcanza para dejar en penumbras a las demás "faroles". Porque la dictadura de mi corazón no me permite controlar mis palabras, deja de lado la razón arrebatándola de voz y voto.
Y si me pierdo no habrá mejor brújula que tus ojos, que por más apartado del camino me encuentre, podrán guiarme sin desviarme ni el más mínimo centímetro de la senda correcta. Ya tu nombre me implora verte, ¿cómo puedo extrañarte tanto?. ¿Cómo puedo, acaso, extrañarte tanto, si te despedí hace tan solo menos de una hora, cuando nos separamos en la entrada del subterráneo? Aún tu luz me acompaña, pero está por desvanecerse, ya, de nuevo, necesito volver a verte, a tí, fuente de luz, fuente de vida.

lunes, agosto 3

El farol II

Llegué al pueblo sin previo aviso. Visitaba a mis primos, pero era una sorpresa. Cuando llegué me enteré de que misteriosamente mi primo había dejado de hablar y pasaba los días encerrado en una habitación. Yo pensaba sorprenderlo con mi visita por su cumpleaños, pero no fue recibido gratamente por el niño. El padre me dijo que no había solución, que ni los doctores encontraron algún problema físico o psicológico. Le había llevado un modesto regalo que oculté. Intentar resolver su situación era un regalo mejor. Comencé a escribir anotaciones en este cuaderno a forma de diario.

El segundo día intente hablar con él. No prestaba atención, pero debido a alguna de sus reacciones descubrí que oía y que me entendía. Por supuesto no le conté lo que intentaba. Anotaré en este diario alguna de sus reacciones. Intenté ganar su confianza contándole las razones de por qué había venido, y por si no me recordaba quién era. No esperaba ningún progreso, seguramente algún psicólogo lo habría intentado, pero, para mi sorpresa, respondía a alguna de mis preguntas con la cabeza.

Al tercer día sentía que ya había hecho muchos progresos. Sin embargo notaba que a mi tío le disgustaba mi presencia. Quizás soy una carga. Había lugares en los que se me daría una cama, pero decidí aguantar la cara de molestia de mi tío y aprovechar cada día al máximo.

Como procedimientos básicos como ganarme su confianza funcionaron decidí utilizar alguno de ellos. Nos dedicamos a dibujar. Yo traté de dejarle hacer lo que quisiese. Dibujé una casa en familia, simple. Él dibujo una casa parecida a la mía, noté que dibujaba bastante bien. Sin embargo, noté que su familia era bastante reducida, la cara del niño de su dibujo estaba triste. No había rastros de su hermano mayor en el dibujo. El adulto de su dibujo no tenía expresión. Era una cara en blanco. Quizás su dibujo no representaba su familia. No sé como va a terminar todo esto, pero sentía como el trabajo daba frutos. Traté de hablar con el durante la tarde pero no soltaba palabra. A la noche su padre subió a hablar con él. Intuí que quería ayudar a que comience a hablarme.

Por cinco días no hubo progresos. Ni siquiera reacciones o anotaciones que merezcan aparecer en este diario.

Al noveno día ya empecé a armar mis maletas. Noté que mi tío estaba demasiado contento. Su cara era totalmente diferente a la de cuando yo había llegado. Procedí a saludar a mis parientes. Cuando pregunté por mi primo mayor mi tío me contestó que nunca estaba en casa. Reímos. Fue calificado por mi tío como un desaparecido. Dijo que desde que consiguió novia pasaba más tiempo fuera que en su propia casa. Saludé a mi tío, le agradecí toda su ayuda. Fui a saludar a mi primo pequeño, como esperaba solo recibió mi saludo, pero ni una palabra…

Desde el camino que estaba a unos metros de la casa saludaba a mi tío. Mi tío cerró la puerta. Me senté al lado del camino. Volví al pórtico de la casa rápidamente. Toqué el timbre. Mi tío me recibió con cara de sorpresa no grata. Le pedí que por favor me diera el dibujo de mi primo, quería un recuerdo de esos días, que aunque duros, los consideraba necesarios. No había ningún ómnibus que partiera hacia la ciudad, ya había molestado demasiado a mi tío. Escribí esta página que será la última en una cafetería cerca de la estación. Valió la pena esforzarme por mi primo. Solo quería dejar esto en claro. El resultado no fue el esperado, pero lo recordaré por años. Habría dejado el diario, pero no pude despegarme de él.

La situación cambió, me estoy ocultando. Mi primo está seguro al lado mío. Mi tío prófugo y ahora mismo se lo está buscando. Cuando desperté hace unas horas estaba sobre la barra del bar. Decidí pasar por la casa de mi tío para agradecer todo lo que había hecho por mí. Escuche demasiado griterío por parte de mi tío y preferí esperar para entrar. Me sorprendí demasiado al escuchar una voz chillona de niño. Gritaba como loco. Le reprochaba al adulto los días que le había hecho pasar. Forcé la puerta. Me llevé un gran asombró cuando encontré que el niño que gritaba era mi primo, el menor. Lo tomé por la cintura y escapamos. No entendía nada, ahora mismo mi primo me sigue explicando todo lo que ocurrió, mientras yo absortó escribo esto. Me contó que era abusado por su padre. Que si hablaba cuando venía un vecino luego era castigado severamente, sentía cada herida y cicatriz de su cuerpo en el mío. Hacía meses que no hablaba en frente de otra persona que no sea su padre. Según él, era la manera que tenía aquel monstruo para tenerlo callado por si algo salía mal. El miedo le impedía hablar en frente de otras personas. Su hermano casi nunca estaba en casa… Ahora entiendo todo. Hay cosas que siguen demasiado confusas. Estamos a unas calles de su casa. Sentados, esperando que alguien venga a recogernos. La policía nos prometió un auto. Hace frío. Ya es de noche. No hay luz. Callé a mi primo, contarme todo eso lo hacía sufrir. Me mordí el labio.

-Hijo de puta- pensé.

Lo único brillante en un momento así era un farol que se encontraba en la vereda. Silencio. Lágrimas. Luz. Llega un auto. Ahora estamos a salvo. Si no fuera por el farol, no habría podido ver la cara de felicidad de mi primo.

domingo, julio 19

El farol

En mi barrio había un farol. Con delicadeza iluminaba la calle en las noches. Era muy querido por los residentes de dicho barrio. Junto a él se sacaron fotos incontables parejas de enamorados. Desde Mongolia han venido turistas solo para contemplar dicho objeto de admiración. A pesar de citados tratos que recibía el farol, había un chico que lo odiaba. Sus vecinos acudieron alertados.
-Por que odias a nuestro querido farol?- le preguntó la más anciana.
-Ese chico es un peligro- comentó el más temeroso.
Lo cierto es que el niño no decía palabra, se largaba a llorar. Siempre fue discriminado por sus compañeros. Creciendo solo se dio cuenta de que no necesitaba a nadie. Sus padres no le daba hogar. Sus compañeros lo molestaban en clase, si es que a la directora se le ocurría dejarlo pasar, o si el portero no lo miraba con cara de malo y le impedía el paso. Se dedicaba a robar los apuntes de otros chicos y comía de la basura de los demás. Plata nunca le faltó, los turistas de Mongolia. al venir de otro país y no tener nada más que dinero, se lo tiraban por odiar al farol. Recuerdo que una noche lo vi arrastrase hasta mi tacho de basura. Yo, que siempre fui el más comprensivo, le dije:
-Mi tacho está vacío, lo estaba por llenar recién.- reí - Sobró algo de comida quieres pasar?
Asintió con la cabeza. Se acercó lentamente hacia mí. Le sonreí, él con una cara de felicidad tremenda me saludo. Mis padres me retaron y me echaron toda la culpa cuando se enteraron de que lo dejé pasar. Ellos, de todo el barrio, eran los que más rechazaban la idea de que él siga habitando los alrededores. Luego me enteré por qué.
Comió desaforadamente. No había pasado ni media hora y ya tenía la heladera vacía. Sin embargo pude hablar demasiado con él. Comer tanto lo dejo exhausto. No creo que pudiera salir de la cocina, ni aunque lo hubiera intentado. Me dijo que tenía quince años y que lo habían hechado de casa cuando tenía cinco. En ese momento tenía seis años de edad, pero creo que son suficientes para entender que su vida fue demasiado difícil. No lo culpo por destrozar mi casa. Mis padres estaban de viaje. No supieron del incidente hasta que pisaron el vecindario. Quizás, la culpa de todo la tuvieron ellos. Pero, en su defensa, apelaban que yo lo había dejado entrar.
Empezó cuando habíamos terminado de hablar. Me dijo que siempre había querido conocerme, pero que mis padres nunca lo dejaron. Agradeció que me hayan dejado a cargo de mi abuela, que siempre fue la más despistada. Pidió usar el baño, estaba por decirle dónde se encontraba, pero me empecé a reír por la forma en que danzaba dirigiéndose directamente hasta dicho lugar. Allí encendió rápido la luz. Me dijo que le tenía miedo a la oscuridad y agradeció recordar que el interruptor se hallaba a la derecha. No había toalla, así que se secó las manos junto a la chimenea. Yo me acurruqué cerca de ella, ya que las noches en invierno rozaban las temperaturas bajo cero en mi país. No sabía que en minutos la sala sería destrozada por mi huésped. Se encontraba mirando las fotos de mi familia. Rió alegremente al ver lo felices que salían mis padres en una de las dos fotos. Pero al ver que en la segunda su sonrisa era mas amplia al estar abrazándome a mí su cara se tornó extraña. Hizo una mueca. Ya nada sería igual.
Empezó arrojando mi foto a la chimenea. Corrí a esconderme, me dio miedo. Su risa ya no era de alegría, no era de locura, era de maldad. Sus ojos brillaban a la luz de la chimenea. No se por qué pero me sentía protegido acurrucado debajo de la escalera. Mi abuela había tomado su pastilla para dormir a las ocho, eran las 12. Debería haber despertado, con todo ese ruido...
-Seguro, de tan despistada, tomó dos por equivocación- pensé.
El joven me buscaba. Sabía que buscaba. Sentí miedo. La escalera no me inspiraba mas protección. Me sentí agobiado, encerrado. Corrí hacia la salida delantera de la casa. Abrí la puerta. Demasiado tarde. Me tomó del cuello. Me levantó alto.
-Qué tienes tu que no tenga yo? Acaso te gusta el farol?
-Mis padres te van a ir a buscar. No me hagas nada.
-No lo creo, ni siquiera quieren verme.
Me acerco a la calle. No quería matarme con sus propias manos. Era invierno y nevaba. No pasaban demasiados autos. A lo lejos se observaba una pequeña luz que se acercaba. Creía que iba a morir. Intenté zafarme de sus brazos. Notó mis intenciones. Me tiró al piso. Me miró. Insultó a sus padres... Insultó a sus padres...
-Nadie te reconocerá después de esto niño.
La nieve se tornaba impura. Mi propia sangre hacía que esta se evapore. No lloraba. No reía. No gritaba. No lloramos, no reímos, no gritamos. Luz. Se detuvo. Cayó de rodillas. Cantó una triste melodía de cuna que supe reconocer. La luz del farol me cegaba. NOS cegaba. El farol iluminaba tenuemente la nieve. Frío. Se acerco al alfato, tomó una piedra. Oí un golpe seco. El farol, como único testigo, se apagó.
-Perdon- Alcanzó a decir - no me gustaría que veas mi cara en este momento. - Volvió al asfalto - Tomó un pedazo flojo del cordón de la calle y se volvió a acercar - Disculpa que haya roto el farol... Llegas a ver algo?
-No - le respondí - Está muy oscuro
-Eso quería oir...
La nieve se tiñó de un rojo mas oscuro. Lloré. Me asusté. Había desfigurado su propia cara por el error que había cometido. Si me hubiera matado... Habría escapado sin testigos, exceptuando al farol, quien hasta el final fue su perdición. No se oyó de él por meses.
Un día se entregó en la policia, pero fue al hospital especializado en psiquiatría. En el barrio se decía que él era el más loco. Nunca dije que el había roto el farol, este fue reparado, pero nunca más funcionó. Cuando salí del hospital me dijeron que estuvieron felices de tener un paciente tan sonriente, desde ese día soy el más brillante. Según mis padres en mi casa soy una luz que reluce hasta en las situaciones mas oscuras.