jueves, abril 1

Plumas de las Distancias

Los gritos desesperados del niño me despertaron de nuevo. Ya no era como aquellos tiempos en los que una tiene que estar lista, o turnarse con su marido, para cambiar pañales o cantar canciones de cuna a cualquier hora, ya que el hombre de casa, en este caso Francisco, no siempre dormía en la cama de su mujer. Ésta que era para dos tenía a veces un aire helado inspirado por la soledad y un sabor agrio. Aquel espíritu ausente sufría cosas tal vez peores y menos llevaderas que gritos a medianoche. Con mucho esfuerzo físico y monetario había logrado poner un magnífico restaurante en los suburbios de la ciudad, quien se transformaría en un esfuerzo psicológico. La lejanía de su casa no le permitía dormir todas las noches en su casa, así que volvía rara vez entre semana y todos los fines de semana posibles. Dormir en el trabajo era la mejor solución a los largos viajes, realmente lo era? "Dormir", cuántas veces habrá repetido tal palabra recostado en el viejo colchón que tiraba en la entrada del negocio para dormir con un poco de viento. Dormir.
Pero repetir la palabra "dormir" no ayudaría a ninguno de los dos a lograrlo. Christian se despertaba casi todas las noches en las que su padre no estaba en casa sobresaltado por culpa de alguna pesadilla, y cada vez era peor. Bañado en sudor gritaba envuelto en sus sábanas. Yo, su madre, corría a calmarlo a cambio de su propia cordura.
-Cálmate, es solo una pesadilla. No pasa nada, estás en casa, con tu familia.- o casi toda- Con qué te has enfrentado esta vez?
-No quiero, no lo deseo, no puedo volver a ver a esos monstruos. Son malos. O malas debería decir. De noche atacan, atacan mucho, a todos, a toda la familia, tengo miedo mami.
-No pasa nada hijo, estamos todos bien. Tienes que dormir, descansar. Mañana viene tu padre y seguro que querrá llevarte de paseo.
-Pero, mamá, si duermo volverán a aparecer y nos atacarán, a mí, a papá, a mi hermano, y a mi hermanita. Atacan a todos menos a ti, pero lloras, lloras mucho, mami, cuando eso pasa. A nosotros los chicos nos raptan esas mujeres de hermosos cabellos y a papi le roban el alma.
-Cálmate. Es solo una pesadilla, todo va a estar bien. Yo sé que algún día no volverán. Que todo estará bien. Que papá estará en casa y nos podrá proteger.
Y así, con mucho esfuerzo, seguía tratando de calmar a mi hijo, quien todas las noches le relataba historias parecidas. Que de noche veía y de día sufría. Siempre soñaba, o mejor dicho, tenía pesadillas. Había pocas excepciones, que solo ocurrían si Francisco estaba en casa. A veces era un poco, tan sólo un poco, más fácil calmarlo, ya que podía convencerlo con que su padre vendría a casa en pocos días, pero este argumento, sólido y eficaz, era cada vez menos potente. Y el usarlo, lo volvía, poco a poco, más des-esperanzador, porque su padre volvería, pero cansado, sin fuerzas si quiera de disfrutar a su familia.
No vivía por él, sino por su familia, por nosotros. Para qué trabajar, vivir, vivir trabajando, si cuando está con su familia, con su vida, con su mejor trabajo, no la disfruta? Podría seguir viviendo, trabajando, de ese modo? La plata escaseaba. El trabajo también. Y el boleto del micro que lo llevaba a su casa, a su trabajo, era cada vez más caro, por lo que viajaba cada vez menos a su casa. Las pesadillas del niño eran cada vez más cruentas y horrorosas.
-Te sacás los ojos, mamá, no quieres ver, no quieres escuchar, no quieres que esas mujeres de plumosos cuerpos pero femenino rostro se raptan a nuestro padre y se llevan nuestras almas. Ví, muchísimas veces, como sin vista tratás de buscar algún cuchillo, alguna vara, cualquier objeto para destruir tu oído, creyendo que así no destruyes tu vida. Tengo miedo. Tengo sueño.
-Hijo, eso nunca pasará. Ves demasiada televisión. Yo, aunque pierda las ganas de vivir, no me quitaré los ojos, porque con solo verlos a ustedes, mis hijos recuperaré la esperanza. Con solo oírlos podré sin demasiado esfuerzo abrazar la vida una vez más.
-En serio, mami? En serio recuperarías las fuerzas para seguir aún cuando tus hijos no son mas que chicos sin almas, aún cuando no tendrás a nuestro papi? Que fuerte eres mamá. Te quiero mucho. Ahora podré dormir.
-... Si, hijo, en serio, podré.
Podré? Estaba cansada, destruída. Si eso ayudaba al pobre Christian a dormir más tranquilo estaba segura de que iba a poder. Pero no era el único con problemas. Jaqueline era chiquita, así que no entendía demasiado, pero aún así tenía las necesidades de todo bebé. Y Jason, poco más grande que su hermano Christian, al ver a su padre cansado, estudiaba más arduamente, argumentando que así terminaría más rápidos sus estudios y podría trabajar junto a su padre para traer comida a casa. Pero su sonrisa y trabajo escondía más que solo eso. En secreto lloraba y extrañaba a su padre, se peleaba con sus amigos y crecía triste y solo, sin aceptar ayuda de nadie, ayuda que, más que nadie, necesitaba.
Un día las pesadillas eran cada vez más fuertes, al punto que debía quedarme despierta al lado de Chris, ya que no hacía más que despertar cada dos minutos y luego me relataba lo que había visto.
-Está vez vi a papá destruído, solo, en una habitación oscura. Pedía perdón, decía que se había equivocado. En qué se equivocó mami? Si el solo trabaja para nosotros.
Cuando dijo "solo trabaja" mi mente se lleno de culpa, era cierto, solo trabajaba, y por nosotros, no tenía vida. En las pesadillas era el único al que no raptaban. Sirve raptar a alguien que ya no tiene vida? O alcanza con quitarle el alma?
-Esta vez ya no tenía alma, sólo marcas de uñas, de afiladas uñas. Estaba desgarrado por todo el cuerpo. De dónde viene esa palabra, ma? Desgarrados? Creo que la vi en la tele. Papa estaba rojo, rojo, rojo. Y lloraba mucho, lloraba rojo, como con sangre. Decía que no sólo el alma le habían robado, sino que ya no tenía comida. La malas mujeres aladas, de bellos cabellos, están arruinando a papá. Hay que hacer algo.
-Lo sé, hijo. Pero no temas vamos a...
-No! Mamá, no hables más, porque te ponés mal. Yo siempre que me hablas de noche puedo dormir, pero sigo escuchando, yo sé que después vas a tu cama y llorás. Pero, mamá, no llorés más. Sabés que al final de mi último sueño aparecía Jason. Por eso era un sueño y no una pezadilla o no sé cómo es que le decís vos.
Durmió. Se durmió de nuevo. Me sorprendí mucho. La largas noches, largas, muy largas y muy oscuras noches, en las que el niño lloraba y gritaba por auxilio sin consuelo estaban por llegar a su fin? Corta aparición de Jason. Corta, pero efectiva. Con esperanza.
-Mamá, tenía razón. Jason no mató a las mujeres malas, no quería, porque es bueno. Pero las espantó, nunca más van a volver. Pero no sé que pasó después, pedi a Dios despertarme para poder contarte, el sueño era lindo, pero quería que vos también estés feliz. Así podías dormir.
-Dormí, Chris. Todo está bien.
Y lo estaba, no le hablé mucho para que siga durmiendo, pero tenía razón, había dicho la verdad, no hubo más pesadillas. Por lo menos ese día. Pero no había ido a mi cama. Tenía miedo de que se volviera a despertar, por lo que me dormí sentada en el banquito, con la cabeza recostada en sus piernas. Dormí bien. Toda la noche. Ya le había cambiado el pañal a Jaqueline, por lo que ella tampoco me levantó esa noche. Cuando me levanté tenía la cabeza apoyada en la almohada de Christian. Y él, él solito, había preparado un desayuno, básico pero efectivo. La mesa estaba limpia y sobre ella había cuatro vasos de leche.
-Uno para cuando llegue papá -Dijo
Y llegó, no esa mañana, pero esa noche. Era raro. Era un jueves, no lo olvidaría, fue especial, un especial, pero triste, día de semana. Triste? O con esperanzas? Dijo que tenía frío por las noches, así que venía a buscar una manta. Dormiría un poco en casa, hasta las cinco, para luego tomar el primer micro al trabajo. No le dije a los chicos que volvería al trabajo ese mismo día. Jugó un rato con los chicos, y luego comimos todos juntos. La comida se había quemado un poco. Nadie se quejó.
-Estaba deliciosa
-No cocino tan rico como tú, amor. En el restaurante muero de hambre.
Jason no habló, estuvo bastante callado. "Parlanchín" solíamos decirle de chico. Qué pasó? No hablaba.
-Qué pasa Jason?
-Ayer me enfrenté a cosas más terribles que sólo comida quemada, nada más que eso.
-Qué estás diciendo, hijo? Estás insultando a la comida?
-Perdonen, me retiro de la mesa. No tengo ánimos de pelear.
-Ven aquí, chiquito!
Siguió la pelea, pero no quiero recordarla. Luego de comer fuimos a dormir. Hablamos con Francisco, los dos recostados en la cama, pero distanciados. Tan lejos, como si nos separara un viaje en micro. Había largos silencios. Estabas algo molesto. Trabajar todos los días y que cuando llegues los chicos peleen. No es nada lindo, lo admito. Sé que los dos tratábamos de hablar. Y los dos abríamos la boca como para decir algo...
-Vos primero...
-No era nada...
Y nadie decía nada... Cada tanto alguno hablaba de algo aleatoriamente. La distancia, el no hablarnos, mataba. Recuerdo que me miró a los ojos y avergonzada mire hacia otro lado, pero tomo me barbilla con su dedo y desvió mi mirada hacia él.
-Vuelvo mañana -dijo - No me perdería por nada en el mundo el estar en silencio al lado tuyo. Aunque no hablemos, me hace bien. Es como sacarme un peso de encima.
-Es cierto, el que no nos tiremos de los pelos, en cierto modo, es bueno.
-Aún así no me alcanza.
-Buenas noches.
-Dulces sueños.
Y reinó la paz, por una noche, ni siquiera Jaqueline se levantó.

Abrí los ojos lentamente. Las sabanas, arrugadas y formaban con el contornó de él. Me levanté y lo busqué en la cocina. Miré el reloj que colgaba arriba de la mesa, cerca de la heladera. Eran las cinco y media. No lo encontré en la casa. Pero por la ventana de la cocina se lo podía ver sentado, al final del camino de baldosas que iba desde la puerta a la calle. No lo noté hasta recorrer la casa dos veces. Abrí la puerta rápidamente. Lo miré y corrí hacia él. Lo salude y sin pararse me respondió. Tenía la mirada perdida en el amanecer. Me dijo que amaría quedarse así por una semana. Y que luego de ver los siete amaneceres de la semana podría afirmar con seguridad que todos y cada uno fueron mejores y peores que el que vino al otro día, que el trabajo lo estaba matando. Y que deseaba vivir, con tal de cada día poder ver un amanecer mejor que el de el anterior pero peor que el siguiente.
-Debo irme, linda.
-No te vayas.
-Si no comemos no va a amanecer mañana.
-Cuida de los chicos.
Pero no se fue. Volvimos ambos a la casa y me dijo que lo espere en la entrada. Fue corriendo al cuarto y volvió. Me besó. Me besó? Sólo eso? O había dejado en mí un mensaje que sólo el entendía y que nunca siquiera sabría que existió? Así me sentí en ese momento... Cuantos mensajes me habré perdido...
Entonces agarro la valija. Me miró con unos ojos penetrantes, similares a un valle tan profundo y extenso que podría atrapar a una civilización entera en un laberinto con una sola salida, la muerte. Y cerró lo puerta. Corrí a la ventana pero nunca lo vi pasar por el camino de baldosas del patio... Nunca se movió de la puerta. Escuché como su amplia espalda se apoyaba sobre la puerta. Conozco los movimientos y sonidos que provoca su rutina al irse.
Se apoyaba sobre la puerta y quería llorar, pero ni una lagrima quedaba en tales hermosas y tristes perlas. Y cuando se hartaba de lamentarse, partía hacia la terminal de micros.
Pero fue diferente... Tocó la puerta. Espero. No le abrí. Tocó otra vez. Y otra. El ritmo del golpeteo era cada vez más acelerado y desesperado. Gritaba. La melodía de angustia era cada vez más rápida. Triste sollozo y largo respiro.
-No quiero, si le abro y lo veo para que luego parta y se valla sólo me haré daño... - pensé.
Pero sus gritos eran cada vez más ásperos, su garganta ya estaba seca de tanto exclamar por mí. La puerta no paraba de quejarse. Los gritos de la niña pequeña se fundieron con los tuyos.
Ambos sumidos en la desesperación llorábamos. Te oí susurrar "por favor". Me oíste decir "por favor, no". Paraste. Abrí la puerta. Tus manos rozaron mi hombro suavemente. Estaban sudorosas, por qué nervios te hice pasar. Tus labios secos rozaron mi mejilla, tu pecho agitado se apretó a mi cuerpo.
-Por qué no abrías? Me preocupé mucho.
-Por qué si venís acá y luego te vas como si nada de nuevo sé que dentro de unas horas cuando ya no estés y no sepa cuando vuelvas te voy a extrañar mucho más.
-Y por qué abriste?
Luego de despedirnos de nuevo se fue. De nuevo y como hace pocos minutos comenzaba a extrañarte, de nuevo. Fui a atender a la niña. Que lloraba como condenada. Después de almorzar ordené nuestro cuarto. Pero en un estante superior del armario estaba la manta que yo misma había guardado en tu valija. Cuándo la volviste a meter ahí? Y por qué?
Es noche volviste. Con las buenas noticias. Cerrabas el restaurante. Sin trabajo, y con grandes pérdidas hubiera tenido que salir a trabajar pero nunca lo permitiste. Christian hasta el día de hoy suele soñar de vez en cuando que te visitan harpías que desgarran tu cuerpo y te hacen sangrar hasta el lamento. Pero siempre llega Jason quien las espanta. Quien hasta el día de hoy ha sido un chico callado. Jaqueline ya está grande y cuando no estás es la que siempre te defiende. Dafne no existía en esos viejos y tristes tiempos. Por eso suele ser la más feliz de la familia. Solo nosotros dos sabemos cuánto sufrimos en aquellos tiempos. Espero tener la misma fuerza que antes si vuelven a deteriorar nuestra familia. Putas harpías que robaban el alma de mi esposo y mi vida, mis hijos.